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Opinión
El maestro Mario
Por: Guillermo Ortega

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Eltayabamba.- Dicen que los mejores maestros fueron los de antes, lógicamente por algo se les llamaba maestros, por su entrega y por su identificación y sobre todo por la línea de vida que marcaron en su época, maestros de sacarse el sombrero, dicen algunos; hoy los hay muy pocos, me refiero a los maestros, porque en la actualidad de acuerdo a los tiempos ya no hay maestros sino profes.

Ironías aparte, el espacio de hoy y en el mi homenaje a los maestros y profesores en nombre del maestro Mario, que por ventura fue mi maestro en las aulas de la primaria allá por los años setenta en la escuelita primaria 281.
Don Mario Delgado, aquel maestro de la ancha figura, caminar pausado y la sonrisa permanente en su rostro sereno, casi familiar que inspiraba calor y confianza, aunque entrado en años ya, en el ocaso de sus días se encuentra graficado en mi mente en estos momentos que escribo estas líneas y lo veo sentado en el viejo pupitre de madera mirándonos fijamente a todos con su interminable sonrisa que contagiaba las frías mañanas mientras se agacha un poco para poder distinguir la lista del salón; Avila Briones, Mario Jesús, empieza y espera, no ha venido maestro le gritamos del fondo; ya sabia, dice el maestro mejor debí empezar la lista por el segundo; terminada la lista de rutina, el maestro Mario se incorpora de su asiento y se dirige al centro del aula; haber muchachos una canción para alegrar la mañana; todos de pie y el maestro empieza con su voz ronca y pausada que el peso de los años no perdona: “un elefante se balanceaba sobre la tela de una araña….; me parece ayer, ver al maestro Mario entonar aquella canción que lo llevo guardada en la memoria desde aquellos años de la infancia, también me queda el bamboleo del viejo maestro en cada una de las estrofas de la canción, quizás en esos momentos el también volvía a convertirse en un mozuelo de nueve o diez años y aquellas voces de mis compañeros y la del maestro mezcladas salían por las ventanas rotas del aula y se confundían en el tumulto de la calle, mientras en nuestras mentes se iban grabando aquellos momentos de los cuales doy fe en estas líneas.

Estudien para mañana y traigan una hoja en blanco para el examen, aquellos exámenes con el maestro Mario, quizás los que más recuerdo porque mi viejo y querido maestro aprovechaba mientras desarrollábamos el examen para darse una ligera siesta sentado en su viejo pupitre, circunstancia que aprovechaban, digo aprovechaban, porque modestia aparte, no porque me consideraba el sabelotodo de la clase, sino porque me daba un pánico inmenso sacar el cuaderno o copiarme del compañero, cosa que me acompaño toda la secundaria y parte de la universidad, aquella vieja costumbre que solamente practicábamos los más monses del salón; volvamos con el maestro, mientras algunos de los compañeros, los más vivarachos, hacían lo que debían hacer con la invitación al pecado que nos ofrecía el maestro; sin embargo el maestro con su intuición de tal ya sabia o quizás en su sueño se reflejaba las figuras que se aquietaban al momento del examen y de un momento a otro, así dormido en el pupitre lanzaba su advertencia; alumno Artemio, te estoy viendo, efectivamente Artemio tenia que volver a sentarse descubierto en el sueño del maestro.
El maestro Mario, estaba en sus últimos días cumpliendo su labor docente, pero como el viejo capitán, nunca abandono su barco hasta cuando las fuerzas y la memoria se le iba escapando al igual que los latidos de su bondadoso corazón cada vez más lentos camino a la eternidad.

Terminamos la primaria y no volvimos a ver al maestro Mario, se había ido, dicen que una enfermedad lo postro en Trujillo y algunos años después supimos de su partida.

Ahora, cuando por casualidad me doy unas vueltas por la vieja escuelita, cuyos pilares y aulas se encuentran todavía desafiando al tiempo y al olvido; claro que ya no es la misma ha cambiado mucho, pero aun se puede percibir el corredor que iba al baño por el cual cuantas veces a tropezones nos cruzábamos con el maestro Mario; ya no hay jardines al frente de los salones, pero si las viejas pizarras en las cuales el viejo maestro y otros de aquella época fueron trazando nuestros destinos sin pedir tanto a cambio y sin oponerse a todo, porque estaban convencidos de lo que significaba ser maestro.

Gracias maestro Mario, donde estés, estoy seguro que no soy el único que te recuerda y que no te olvida, aquella imagen paternal amigable acogedora con los cabellos blanqueados por el tiempo y tu interminable terno marrón, tu camisa blanca como tu alma y la corbata infaltable que recuerdo nítidamente. Cuanta falta hacen hoy en día aquellos maestros que nos señalaron la ruta y aun con nuestras canas de hoy nos hacen falta.

Por: Guillermo Ortega
REDACCIÓN DIGITAL Eltayabamba

 


 
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