Eltayabamba.- Si los habitantes de Medellín, Bucaramanga o Popayán, algunas de las ciudades andinas colombianas, hubieran emigrado a las riveras del mar para no volver, como lo hemos hechos los tayabambinos, sus pueblos jamás hubieran visto el progreso y seguirían siendo pueblitos del ande mirando la prosperidad en la televisión; pero no fue así, ellos articularon el progreso constante del mundo a su tierra, y convirtieron a sus poblados en ciudades bajo estándares contemporáneos, quizás no como Londres y Paris, pero si codo a codo con Bogota o Lima.

La provincia de Patáz, la opaca joya de oro del ande liberteño, tuvo también sus hombres con la visión de progreso en su propio patio, aunque palidecieron en poco tiempo a falta de una mística sucesora, aunado a nuestro paradigma nacional de engruesar las urbes costeñas y el rechazo crónico al campo, a la provincia y al comercio.
Si recordamos que después de la segunda guerra mundial, Tayabamba tenía algunas fábricas, emulando incipientemente a la industria moderna, las fábricas de fideos y de gaseosas de la familia Lecca, la producción de quesos y mantequilla con impresión de marca en la caja, en el distrito de Chilia; en la misma época, las edificaciones tayabambinas lucían sus coquetos balcones de influencia francesa, umbrales forrados por gruesas molduras, muy acicalados; que aun hoy cuelgan de las fachadas, pero en permanente agonía. Pues, aquella época cuando se tanteaba una mediana industria, la provincia también gozaba de esa cierta sensibilidad (o educación) por la belleza; porque sin arte no hay civilización, es la gracia la que atrapa al turista, atrae al dinero, inspira al cronista, roba al talento, canta al cielo, hace que el dinero fluya y aflore como el manantial de la puna de aguabendita.
Tayabamba estuvo en el camino correcto hacia el progreso sostenido, atraía forasteros a invertir para ganar más dinero, muchos de nuestros abuelos vinieron de Cajamarca, Ancash, Huamachuco atraídos por la bonaza de la Paccha, así como en el sur peruano fueron el guano y el salitre su campo magnético, Patáz aun tiene el imán de oro; y aun estamos a tiempo de aprovecharlo antes de que nuestros cerros terminen como huecos inservibles.
Quizas el retorno de la segunda generación de patacinos a nuestra provincia, jóvenes que incursionen en el comercio, la agricultura, la ganadería, artesanos, profesionales, etc. podrían servir como resorte para impulsar un nuevo Tayabamba, propiciando una renovación en todos los niveles de la vida de la provincia, induciendo a las autoridades a hacer inversiones en infraestructura orientada a la producción, más allá de las moles de concreto que se usan una vez por año; exigir a las autoridades regionales mayor contribución del canon minero, demandar urgentemente el asfalto de la carretera, aprovechando que hay recursos y derechos sobre los mismos; en fin, no hay que dejar que el rescoldo de extinga, no hay que abandonar la idea de ver a Patáz luciendo como una ciudad andina de Sudamérica, como Medellín, Quito, Santa Cruz, ciudades serranas con los mínimos estándares mundiales en infraestructura y servicios públicos, hechas por sus habitantes que jamás las abandonaron, y cuando el destino los vencía, sus hijos volvían para seguir innovando, como los salmones canadienses que vuelven río arriba y contra la corriente a ovar sus camadas y morir donde nacieron.
Que los santos protectores de la provincia nos escuchen.
Por: Arnold Melgarejo López
REDACCIÓN DIGITAL Eltayabamba
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